Qué os voy a contar yo sobre la familia, queridos, cuando casi toda la tengo en la otra punta del planeta, cuando mi compañera y yo decidímos no tener hijos, cuando entré en un internado a los siete años de edad y ya nunca regresé al hogar mas que en periodos vacacionales… Pues algo sí voy a contar, algo.

Observo que las familias más felices son aquellas cuyos padres están más dispuestos a dejar marchar a los hijos. Los padres que entienden que los hijos no les deben nada. Que por mucho que sacrificasen su estilo de vida por ellos entienden que esa fué su obligación como padres: la de criar a los hijos ofreciéndole lo mejor. El mismo instante que un padre o una madre comienza a expresar quejas sobre ese “sacrificio” por los hijos, los hijos comienzan a incubar un sentimiento de obligación hacia los padres del que surgirán casi todos los problemas por venir. Una cosa es el amor y el sentimiento de gratitud que un hijo acrecienta de manera natural hacia sus padres segun madura, y otra muy distinta, el sentimiento de deuda y de tener que colmar las expectaciones de los padres que el hijo experiencia cuando es confrontado con lo que se está haciendo “por él”.

Hay padres que simplemente no quieren dejar ir a sus hijos. Eso ya puede castrar el desarrollo natural de la persona desde temprana edad. En la adolescencia y la madurez puede reflejarse en todo tipo de discusiones sobre rutinas y horarios. Los hijos quieren tirar hacia adelante y los padres, muchas veces, quieren tirar hacia atrás, hacia como la familia era antes. Es fácil llegar a una situación en la que cambiar parece ser algo que atente contra la familia. Una situación en la que tanto padres como hijos desempeñen su papel bien definido, en el que la dependencia de los unos por los otros se acreciente, en el que las discusiones sobre los mismos temas se repitan hasta el punto de reconocer que nunca se van a solucionar, pero aún así no estar dispuestos a hacer nada por cambiar. Hay familias que sólo conocerán la felicidad imaginada de que un día fueron felices.

Creo que el consejo más útil que yo leí por algún lado para una discusión de familia es intentar discutir sobre el incidente en cuestión. NUNCA sacar a relucir el pasado y mezclarlo en la discusión. (Os lo aseguro, no es fácil, pero es posible. Un aire fresco que pudiese salvar a más de uno de morir de ansiedad)