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Para llegar… no esperes demasiado

Jul 16
Publicado por santi Archivado en mis textos

campeones

Esperar en el sentido de crear expectaciones. No, no se trata de ser conformista, de no soñar, de no aspirar a grandes logros, de no entusiarmarse con un proyecto, de perder la ilusión… se trata simplemente de ser realistas, de entender que en muchas ocasiones no hay mayor enemigo para nuestra propia felicidad que nosotros mismos: la expectación desmesurada que nos autoimponemos, la que pregonamos a otros a los cuatro vientos, la que casi nunca satisfacemos creándonos una permanente sensación de fracaso, la que socava nuestra autoestima.

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¿Y tú de qué vas?

Jun 24
Publicado por santi Archivado en General, mis textos

Decía Platón que la vida sin examinarla no valía la pena vivirla. Le creo. Sin embargo pienso en tanta celebridad que puede ser que viviesen vidas tan intensas que poco tiempo tuviesen para pararse a examinar nada. Imagino por ejemplo, la madre Teresa de Calcuta (sobre cuya muerte casi ni nos enteramos por ir a morirse, creo recordar, el mismo día que la princesa Diana); tal vez pasó su vida tan atareada ayudando a otros que empleó poco tiempo en pararse a reflexionar sobre la vida. Tal vez sí, tal vez no. No tengo ni idea del tiempo que la madre Teresa o Platón pasaron reflexionando sobre la vida o sobre sí mismos, pero apuesto a que ambos tenian cierta idea sobre su identidad y su propósito en esta vida.

A lo que voy es a apuntar que si la felicidad es una cuestión de percepción, de valoración personal (que lo es), me parece difícil que uno pueda valorar lo que hace si no sabe porqué lo hace. Igualmente va a resultar difícil que uno se valore a si mismo si no sabe quien es. (Y me refiero a un conocimento profundo y sincero de uno mismo, que para la arrogancia y la autoadulación ya se sabe que uno no necesita conocerse mucho, basta con ser idiota). Estos dos conceptos tambien conectan con aquello de saber quererse y respetarse a uno mismo para tener la capacidad de amar y respetar al prójimo. Saber quienes somos y entender porqué hacemos lo que hacemos es nuestro mapa de viaje. Sin ello reaccionamos a los antojos del destino como pollo sin cabeza, vivimos el presente, de un modo que igual fuese que ocurriese ayer o mañana, sin más rumbo que el vuelo errático de una mosca. Nos quedamos en el “no sé” y “me aburro”, expresiones que debían de haber sido incluidas como pecados capitales.

¿Y por dónde se empieza? ¿Cómo comienza a conocerse uno a si mismo o el sentido de lo que hace? Igual que uno sabe si le toca el bingo, va a ganar en la quiniela o aprende las reglas de cualquier otro juego: participando, sobre la marcha, apostando… “Voy a hacer esto y voy a ver cómo me sale”. Y detrás de ello, el examen y la evaluación a la que se refería Platon. Qué es lo que conectó conmigo y qué no, que sirvió a otros y que no… Sin esa reflexíon lo bueno puede pasar desapercibido y podemos dedicarnos a repetir lo malo, nuestro siguiente paso es otra loteria que no acumula el aprendizaje del primero.

Igual que el muro de una casa se levanta sustentándose en el ladrillo previo, nuestra vida, nuestro futuro, el conocimiento de nosotros mismos y el de saber para lo que valemos, la apreciación de nuestra felicidad…, se levanta decisión tras decisión, una sobre la otra. Todo requiere que tú apuestes y te comprometas, que participes. Uno no puede quedarse a verlas venir. Al juego de la vida, o te subes ahora o te quedas fuera. ¿Cuál es tu apuesta?

10 – Gratitud

Abr 10
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Reflexiones sobre la vejez

Mar 10
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La vejez2
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más sobre responsabilidad

Mar 7
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2010 Autoayuda – 5 revisión y consejos

Feb 14
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La que fué mi “Biblia”

Feb 7
Publicado por santi Archivado en General, mis textos

¿Qué? ¿Estais haciendo vuestros planes para organizar mejor vuestro tiempo o no? En unos pocos días saco el último video con algún consejo o sugerencia sobre esos planes. Y por supuesto, tendré que acreditar de dónde viene todo. Que aunque haya de mi propia cosecha, todos aprendemos de algún sitio. Este sistema de organización (y algunos otros conceptos de los que hablo en mis videos remando) vienen de un libro muy específico, este:

Los 7 Habitos de la Gente Altamente Efectiva

2010 Autoayuda – 4 Tu plan, tus objetivos

Feb 1
Publicado por santi Archivado en Mis videos

El momento para planificarte

Calor para Merce

Ene 12
Publicado por santi Archivado en fotos

¿Frio, quién dijo frio? Pues sí paisanos, Merce me cuenta que recogió un pájaro muriéndose de frio y me pide que os envíe un poco de calor desde la antípoda. Sin ánimo de amargaros el día (sólo con la intención de que reflexionemos hacia dónde estamos empujando nuestro planeta) os envio estas cuatro fotos. Mientras que en Inglaterra tiene el invierno más duro de los últimos 30 años y vosotros ya veis la que os está cayendo, por aquí, en Australia, se confirma que esta década que acabamos de dejar ha sido la más calurosa en la historia de este continente. Vamos, que yo vivo en calzoncillos.

La peculiaridad de las fotos de abajo es que el koala es especialmente un animal que se cuida mucho de no socializar con los humanos. No ya sólo porque se pase hasta 16 horas durmiendo (la razon: el efecto que las hojas de eucalipto causa en él lo mantiene “drogado”, como si un humano se pasase el día fumando marihuana); es que puede hacer toda su vida perfectamente sin bajarse de un árbol. Es difícil ver koalas, cuando te encuentras uno por el suelo, casi seguro que es porque tiene un problema grave. (Aún recuerdo la primera vez que me encontré un koala en mitad de una carretera, mientras conducia una noche; era tan grande que creí que había visto un oso panda. Tuve que recordarme dónde estaba para reparar que había sido un koala)

Estos koalas se aproximan a humanos en busca de agua, tal es el calor por aquí. (Las dos fotos últimas, yo las recuerdo de hace un año, no fué una respuesta directa al calor, si no a los incendios)

La felicidad: ¿un regalo o un logro?

Ene 12
Publicado por santi Archivado en mis textos

La foto que acabo de publicar bajo esto que escribo, me ha traido a la memoria claramente la principal razón por la que hace ya 15 años decidí dejar la gran ciudad para vivir en contacto con la naturaleza (decidimos, que si mi compañera sentimental no hubiese sentido de parecida manera, tal vez en la ciudad seguiríamos). Lo comparto con vosotros porque tras esa razón hay una observación interesante que tal vez pueda servir de algo a alguien;-)

Yo llevaba ya unos 17 años viviendo en Madrid, siempre en el centro. No estaba tan cuidado como pueda estarlo ahora y aquello era un continuo caos de humos, ruidos, tráfico, bocinazos y cacas de perro por todas partes. Un laberinto de calles estrechas en las que más del 80% del tráfico era gente buscando un sitio donde aparcar y el mismo ayuntamiento vendía permisos para aparcar a los residentes, más permisos que espacio de aparcamiento existía en los bordillos. Aún puedo verme a mi mismo con tal nivel de exasperación por tener que dar constantes rodeos entre coches mal aparcados para cruzar una calzada de cuatro metros, que en alguna ocasión, simplemente caminé por encima de los capós de los coches. (Si tu coche apareció hace ya 20 años con un bollo en el capó tras haber aparcado en un paso de cebra, lo siento, puede que fuese yo).

Los cinco últimos años en Madrid, ya estando con mi compañera, salíamos a menudo al campo los fines de semana. No me alargo con las placenteras sensaciones que no son familiares a todos. Los regresos a la ciudad, ralentizados por las horas en caravana para volver a entrar en ella, eran cada vez más dolorosos. Cuanto más dolor, más escapadas. En una de estas salidas, mi cabeza hizo “click” (creo recordar que estando simplemente al sol en calzoncillos y reflexionando sobre por qué me sentía tan bien) y vino a razonar más o menos lo siguiente.

¿Qué es lo que me aporta a mi la ciudad? Oportunidades de trabajo (era actor, el trabajo tan pronto lo tenía como tan pronto no), progresar en mi carrera, diversion variada y cultural, relacionarme con gente… y para de contar. No recuerdo otros argumentos para justificar mi presencia en la ciudad. Revisé mis razones. Familia y amigos está bien verlos y sentirlos cerca, pero a un amigo o a un familiar no se le quiere o siente más o menos por el número de veces que se le ve o por la distancia. Trabajo, pues ya estaba un poco hasta el gorro de ir llamando de puerta en puerta a productoras de cine o TV para probarle a otros mis talentos. Más importante, yo hacia lo que hacía principalmente por la gratificación creadora. La competición brutal y el constante “que mal está todo” (¿suena familiar?) que era el mantra popular los sentía como una garra que me arrastraba hacia el barro. La belleza de crear estaba castrada, y el simple poder para hacerlo lo tenía muy cuestionado: ¿qué bueno podía salir de tanto lamento?. La diversión, me disculpen ustedes que lo diga, para ya había tenido todo el “sexo, drogas y rock and roll” suficiente para cubrir varias vidas. La “cultura” ya cómo que tambien me salía por las orejas. Mi carrera, mis sueños de fama y éxito, ya veía que tampoco, que había invertido más de una decada de mi vida en el camino erroneo para triunfar: no había parado de estudiar y superar retos desde que llegué a Madrid y conseguir ser uno de los más jovenes que nunca lograsen entrar en la RESAD (que con ese nombre un tanto petulante me cuesta escribirlo: Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid). Y no me quedé en graduarme ahí, seguí estudiando en los mejores lugares y aprendiendo todo tipo de disciplinas relacionadas con un escenario, incluido el escenario más real, el de la calle. Lo que no aprendí, lo importante, lo fuí a aprender sólo unos años más tarde en Africa: “Se consigue más trabajando con otros y a traves de otros que avanzando sólo”. Seguro que fué mi orgullo lo que me impidió verlo antes. El caso es que tuve mis oportunidades para asentarme entre una “familia artistica” u otra, pero me inquietud siempre buscaba mas lejos. Resumiendo, que el trabajo y mi carrera en sí, tampoco eran ya motivos para permanecer en la gran ciudad. Me había quedado sin motivos para ello.

Lo interesante es que cuando reflexionaba sobre esto tomando el sol en calzoncillos, me di cuenta de que la sensación de felicidad de todo aquello bueno que podía encontrar en la ciudad, estaba relacionado con la mente, con la cabeza, con lo que pasaba o dejaba de pasar por mis neuronas. No había motivos para sentirme feliz “del cuello para abajo”. Incluso sólo en la cabeza, ¿cuántos sentidos tenemos?; y todos ellos eran atacados de una manera u otra por lo que a mi me parecía una ciudad en plena histeria.

¿Por qué me sentía bien ahora sin hacer nada más que tomar el sol? ¿Cómo era posible sentirse uno tan bien sin hacer un esfuerzo para conseguirlo? La respuesta podeis intuirla. Al igual que mi constante esfuerzo por mejorar y perfeccionarme como profesional me había impedido ver que era más fácil y conveniente para mi carrera el arrimarme al amigo adecuado y dejarme llevar, mi mente igualmente se había engañado creyendo que la felicidad era todo una cuestión de esfuerzo personal, de superación, de llegar más lejos.

No es así, la felicidad es una cuestión de saber estar, de aceptar, de recibir… el sol me lo estaba contando. Todo aquello que en la ciudad implicaba esfuerzo, la naturaleza lo regalaba. O dicho de otro modo: si le quitaba a la ciudad “el sexo, la droga y el rock and roll” (algo que por otro lado puedes llevar contigo a cualquier parte) no me quedaba más que la constante y extenuante lucha por ganarme la vida y contentarme a mi mismo, yo contra el mundo. Mientras que en el campo, sin luchar, sin esfuerzo, no tenía mas que mantener mis oidos abiertos para dejar que el canto de los pájaros me entretuviese, mantener mi olfato relajado para embriagarse de los olores de la tierra… las buenas sensaciones contribuyendo a mi bienestar y acercándome a una felicidad más completa entraban a borbotones por cada poro de mi piel. Una felicidad “de cuerpo entero”, casi regalada, no solo una felicidad “de mi cabeza” que cuando en la ciudad la alcanzaba, llegaba a ella tan extenuado y ansioso que rara vez era capaz de apreciarla.

Recuerdo como mi mujer y yo comenzamos a soñar juntos en “La Casa de la Pradera”. Una casita de madera en algún lugar verde donde nunca hiciese mucho frio. Un perro, unas gallinas, un huerto… justo lo que ahora tenemos. Allá cada uno con sus prioridades, en nuestro caso, cambiar la ciudad por el campo ha sido providencial. Para mi, cambiar el Madrid de los 80s (aunque emigré en el 94), la onda de Malasaña y Lavapiés, por la onda de los canguros (vivo en la Australia rural) ha sido la mejor decisión de mi vida. Y por eso la foto bajo estas palabras. Cada día percibo mil guiños y sonrisas. Ahora puedo verlas;-)