Si nos comportásemos de acuerdo a lo que conocemos podríamos ser casi perfectos. Desafortunadamente, no es así

Nuestro comportamiento no es, mayormente, algo que derive de nuestra razón y nos sea fácil controlar. La mayor parte de lo que somos y de cómo nos relacionamos con los demás nos viene marcado por nuestros genes y la educación recibida en nuestra infancia.

Yo vengo abogando por hacer uso de nuestro raciocinio y nuestra capacidad de reflexión y análisis para construir nuestra personalidad, porque sea nuestra libertad de elección la que riga nuestra existencia. Sin embargo, ese no va a ser el caso para quien no tenga paciencia y determinación en el proceso. Porque lo cierto es que, descontando algún golpe de suerte muy esporádico, ningún cambio positivo ocurre repentinamente o de un día para otro. Sólo lo malo ocurre rápido. Todo aquello que consideramos como bueno en nuestras vidas es el resultado de nuestra perseverancia y es construido y cimentado con el paso del tiempo. Los buenos hábitos requieren tiempo y constancia para ser adquiridos, los malos, no tanto. En contradicción, un buen hábito puede destruirse rápido, uno malo, no.

Descubrir una actividad cuya práctica puede hacernos mejores individuos no es difícil. Entusiasmarnos con ella y exhibir buena voluntad para llevarla a cabo es encomiable. Sin embargo, nada de esto viene a valernos de mucho si carecemos de la determinación y perseverancia para ejecutar esa actividad de una manera rutinaria hasta convertirla en hábito. Y eso lleva tiempo. Nada bueno ocurre con rapidez, a no ser que te creas lo que la publicidad se empeña en machacarte.